El dato es contraintuitivo y, una vez asumido, incómodo: pasamos en torno al 87-90% del tiempo dentro de edificios (estudios TEAM y National Human Activity Pattern Survey de la EPA), y la concentración de varios contaminantes en el aire interior es entre dos y cinco veces superior a la del exterior. La frase "abre la ventana" se ha vendido como respuesta universal y no resuelve casi nada cuando la fuente está dentro: la cocina, el mueble nuevo, el aglomerado, el suelo vinílico, el filtro sucio del recuperador. La pregunta no es si el aire interior está contaminado. Es por qué un país que regula la huella térmica con cuatro decimales sigue sin obligar a medir lo que respira el ocupante.
Lo que la OMS y la EPA llevan dos décadas repitiendo
La EPA publicó la Total Exposure Assessment Methodology (TEAM) entre los años 80 y 90 con un hallazgo que sigue vigente: los niveles de una decena de contaminantes orgánicos comunes eran 2-5 veces más altos en interiores que en exteriores, y eso ocurría tanto en zonas rurales como industriales. La OMS publicó en 2009 sus Guidelines for Indoor Air Quality: Dampness and Mould, vinculando humedad y moho con asma y rinitis, y en 2010 las guías sobre compuestos orgánicos seleccionados. Ninguna de estas dos fuentes es marginal y ninguna es nueva.
El sector lo conoce. La directiva EPBD revisada habla de calidad del aire interior, pero la transposición española se ha centrado en eficiencia energética. El CTE DB-HS 3 fija caudales mínimos de ventilación; rara vez se verifican en obra terminada. La estanqueidad obligatoria en certificación Passivhaus exige por contrato pruebas de presurización; el resto del parque edificado, no. La paradoja de la rehabilitación es conocida: bajas el consumo, subes la humedad relativa, aparece el moho y se pinta encima.
Radón: el gas que el CSN reconoce y casi nadie mide
El Real Decreto 732/2019 incorporó al CTE el Documento Básico HS 6, en vigor desde el 16 de septiembre de 2020. Fija un nivel de referencia de 300 Bq/m³ de promedio anual y obliga a medidas constructivas en obras nuevas, ampliaciones, reformas y cambios de uso en municipios clasificados de riesgo. Galicia, parte de Extremadura, sierras de Madrid y Castilla y León y áreas montañosas concentran las zonas con mayor probabilidad de superar el umbral. El Consejo de Seguridad Nuclear publicó el mapa de zonas de actuación.
El detalle que la normativa no cierra: vivienda existente sin obra. El CTE actúa cuando hay licencia; sin licencia, el ocupante no tiene obligación de medir y el técnico no tiene obligación de informarle. Un dosímetro pasivo de carbón activado o de detector de trazas alfa cuesta entre 30 y 50 euros, se expone tres meses y devuelve un valor cuantitativo. La asimetría es evidente: el coste del ensayo es trivial, el coste de no hacerlo es radiológico y silencioso.
CO₂: el indicador más barato y el peor entendido
Satish, Mendell y colaboradores publicaron en 2012 en Environmental Health Perspectives un estudio controlado de exposición a 600, 1.000 y 2.500 ppm de CO₂. A 1.000 ppm se observaron descensos significativos en seis de nueve escalas de toma de decisiones; a 2.500 ppm los descensos fueron grandes en siete escalas, con sujetos calificados como disfuncionales en iniciativa y pensamiento estratégico. Allen y colaboradores replicaron el efecto en 2015 con sujetos en oficinas verdes frente a convencionales. El umbral asociativo se ha vuelto a confirmar en muestreos de aulas escolares.
El proyecto SINPHONIE (UE, 2014) midió aulas en 25 países y encontró que un porcentaje significativo superaba 1.000 ppm de CO₂ con regularidad. España participó en el muestreo y no publicó plan de acción posterior. Un sensor NDIR para CO₂ cuesta entre 60 y 150 euros y resuelve la pregunta sin debate: si la curva del CO₂ se queda plana en 1.500 ppm en el aula, no es opinable, es ventilación insuficiente. Tras la pandemia, parte del parque escolar redujo caudales para ahorrar calefacción. La consecuencia se mide en milímetros de tinta de las pruebas de los alumnos.
PM2.5 de cocina: cuando la fuente está dentro de casa
Las partículas PM2.5 generadas al cocinar (especialmente con gas y a alta temperatura) pueden elevar la concentración interior por encima de la exterior urbana, incluso en ciudades con tráfico denso. La revisión de Logue y colaboradores en Lawrence Berkeley National Laboratory documentó tasas de emisión por tipo de fuego, sartén y receta. Una campana extractora con caudal real medido (no nominal de catálogo) y salida al exterior es la diferencia entre exposición episódica y exposición acumulada.
La trampa de la ventilación natural: una ventana abierta no compite con una emisión local concentrada. La trampa del recirculador con filtro de carbón: retiene olores y poco más para PM2.5. La trampa de la promotora: se vende cocina abierta al salón sin extracción al exterior porque pasar el conducto encarece la obra. La pregunta que el comprador rara vez hace es si la campana evacúa al exterior o si simplemente vuelve a soplar el aire del wok a tres metros del bebé.
COVs y formaldehído: el etiquetado que no te protege
La IARC clasifica el formaldehído como carcinógeno del grupo 1 desde 2004. Sigue siendo común en resinas urea-formaldehído de aglomerados, MDF y algunos barnices. La Directiva 2004/42/CE limita pinturas decorativas de interior a 30 g/L de COV desde 2010. Muchos productos se etiquetan "0 COV" cuando el valor está por debajo del límite de detección del ensayo, no por debajo de cero real, y eso es perfectamente legal.
Sellos que sí garantizan algo: EU Ecolabel, Blue Angel (DE), AgBB (DE), M1 (FI), GreenGuard Gold. Sellos genéricos sin tercera parte verificadora: dudosos. La asimetría informativa entre fabricante y cliente final justificaría una etiqueta clara. Mientras tanto, en obra se siguen comprando muebles a granel sin saber si son E0, E1 o equivalentes a CARB Phase 2, y se montan en habitaciones que se ocupan a las 24 horas.
Qué se puede medir y qué cuesta de verdad
Hay un equipamiento doméstico básico que cubre la mayor parte del problema sin convertir el salón en laboratorio:
- CO₂: sensor NDIR, 60-150 €. Indicador robusto de ventilación y de carga ocupacional.
- Radón: dosímetro pasivo (alfa-track o carbón activado), 30-50 € por exposición de 3 meses.
- PM2.5: sensor láser doméstico, 80-200 €. Útil para detectar picos de cocina y combustión.
- Humedad relativa: termohigrómetro, 10-30 €. Por encima del 60% prolongado, riesgo de moho.
- COVs totales: sensor PID o MOX, 100-300 €. Indicativo, no cuantitativo, útil tras pintar o montar muebles nuevos.
El ensayo profesional con bombas de muestreo y cromatografía cuesta varios cientos de euros y solo tiene sentido cuando hay sospecha clínica concreta o conflicto contractual. Para el resto, los sensores de consumo bastan para decidir cuándo abrir, cuándo extractar y cuándo cambiar el filtro. La frontera entre el dato y la decisión vale lo que cuesta una cena para dos.
Conclusión
El mismo país que ha cubierto el suelo con tasas de carbono y obligaciones EPBD lleva años evitando obligar a medir lo que respira el ocupante. La normativa avanza por la huella, la salud queda en mano del propietario informado. Mientras tanto, los datos están disponibles, los sensores valen menos que un cambio de zapatillas y la EPA y la OMS llevan veinte años repitiendo lo mismo. La pregunta no es por qué nadie lo mide. Es a quién le viene incómodo medirlo.
Referencias bibliográficas
- Klepeis, N. E., Nelson, W. C., Ott, W. R., Robinson, J. P., Tsang, A. M., Switzer, P., Behar, J. V., Hern, S. C., & Engelmann, W. H. (2001). The National Human Activity Pattern Survey (NHAPS): a resource for assessing exposure to environmental pollutants. Journal of Exposure Analysis and Environmental Epidemiology, 11(3), 231-252. DOI: 10.1038/sj.jea.7500165
- Satish, U., Mendell, M. J., Shekhar, K., Hotchi, T., Sullivan, D., Streufert, S., & Fisk, W. J. (2012). Is CO₂ an indoor pollutant? Direct effects of low-to-moderate CO₂ concentrations on human decision-making performance. Environmental Health Perspectives, 120(12), 1671-1677. DOI: 10.1289/ehp.1104789
- Allen, J. G., MacNaughton, P., Satish, U., Santanam, S., Vallarino, J., & Spengler, J. D. (2016). Associations of cognitive function scores with carbon dioxide, ventilation, and volatile organic compound exposures in office workers: a controlled exposure study of green and conventional office environments. Environmental Health Perspectives, 124(6), 805-812. DOI: 10.1289/ehp.1510037
- World Health Organization. (2009). WHO guidelines for indoor air quality: dampness and mould. WHO Regional Office for Europe.
- Logue, J. M., McKone, T. E., Sherman, M. H., & Singer, B. C. (2011). Hazard assessment of chemical air contaminants measured in residences. Indoor Air, 21(2), 92-109. DOI: 10.1111/j.1600-0668.2010.00683.x
- Real Decreto 732/2019, de 20 de diciembre, por el que se modifica el Código Técnico de la Edificación y se aprueba el Documento Básico DB-HS 6 «Protección frente a la exposición al radón». BOE núm. 311, 27 de diciembre de 2019.
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